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Amalia Aloé
Rojas - Argentina
"Puedo olvidar lo que dijiste,puedo olvidar lo que me hiciste pero no puedo olvidar cómo me heriste."
Escribo porque es mi deseo hacerlo. Sin ninguna pretensión.
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Últimos comentarios de este Blog

28/03/08 | 05:27: Abel Ramos dice:
Te felicito por tu profunda mirada sobre los temas. Sólo un escritor de pura sensibilidad puede captar como lo haces Tú. Muchos cariños.
27/03/08 | 12:33: ENRIQUE WEISSENBOCK dice:
Estimada Amalia: Primeramente quiero agradecer tus conceptos y luego te invito a que te contactes conmigo.Lo puedes hacer al correo electronico mio.Gracias
27/03/08 | 12:22: Arquimides dice:
“Soy partícula de árbol carcomido” Zarina (seudónimo de Amalia Aloé Rojas) Hay árboles que dieron sus troncos y ramas para que los hombres fueran carcomidos por las aves de rapiña. Jesús mismo fue carcomido por miradas y lenguas rapaces. Visto de otra manera, el escritor es un gusano que carcome cadáveres de ideas, .....la carne putrefacta de la ansiedad.....; es la polilla que anida en las estructuras literarias decadentes que esperan renovación. Arquímides Guillén
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Entregarse al lenguaje; hallar las palabras que dicen, que no dicen. Descubrir que detrás ... Ampliar

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Zarina


Este espacio contiene poemas y cuentos que deseo compartir con Uds. Todo el material ha sido ya editado.



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MARA



 Mara                                     

   Había un tallador de imágenes que trabajaba con la madera de palo santo y del quebracho colorado, y hacía pájaros y miniaturas de flores y de animales. Resultaba  curioso, al transitar esos parajes  encontrar  no pocos árboles caídos en los márgenes de los bosques, y al acercarse se podía comprobar fácilmente el motivo. El suelo tenía  un par de peculiaridades curiosas: en primer lugar la turba era extraordinariamente abundante, y en segundo la lluvia omnipresente hacía  que por todas partes se  pudiera  encontrar agua; el suelo se encontraba empapado casi constantemente. El resultado era que los árboles ni podían  ni necesitaban  profundizar demasiado  sus raíces para obtener agua, y como consecuencia el viento fuerte los podía tumbar con relativa facilidad. Si algún curioso se paraba  a mirar veía  cómo estos árboles caídos, incluso los más grandes, tenían  sus raíces distribuidas horizontalmente, de forma muy superficial,  y esto los hacía  extremadamente bellos. Sorprendía sin duda, y casi tanto como la belleza del paisaje, la sensación de aislamiento que se respiraba. Se podía recorrer kilómetros y kilómetros sin ver prácticamente a nadie.

           Canhué, el indio,  tenía  la piel, el color y los rasgos puros de su raza  araucana. Vamos a entender  por el concepto de raza como  homólogo de genio, dignidad, valentía...

          Era de  talla mediana, pero no existía en él debilidad. Era un hombre de muy buena musculatura, de brazos fuertes y fornidos.

           El indio tenía una mirada penetrante, y cuando contemplaba un río, o un curso de agua, o  un animal, este ojo de color  negro, no pestañeaba  permanentemente, no miraba  esa cosa y otras, miraba  solamente lo que atraía su atención en ese instante.

Sus ojos  de obsidiana, llenos de un duro destello, parecían más agudo que una picadura de yarará.

            Era  retraído, y  de contextura robusta, desbarbado, muy bien formado su cuerpo, con  espaldas grandes, el pecho levantado, recios sus miembros de nervios bien macizos. Se apreciaba su desenvoltura, su animosa valentía, su coraje y dureza en el trabajo, capaz de soportar enhiesto los fríos mortales, el hambre o el calor sofocante de los veranos.

           Nguenechén era su Dios, el dios que daba  fecundidad a los hombres y a los animales, el que hacía crecer las plantas, el que observaba los actos de los hombres mostrándoles el camino recto.  Cuando no se respetaba la voluntad de este dios, sobrevenían los demonios o "gualichos", señores de todo lo nefasto transformados en pestes o enfermedades.

           Nunca supo cuál fue la causa de la  pena, del  dolor y la  pesadumbre que le fue conferida por el destino cuando cayó y rompió su cadera.

           Canhué era cojo.

           Mezclaba el guayacán de color negro con el  quebracho colorado, o con el blanco, o con  la mora de color amarillo. Utilizaba el escayante de color marrón con el  mistón de color rojo. También le agregaba detalles de asta o hueso. Otros  los combinaba con caracoles y piedras...

           Y el Gran Español, propagador de la Cristiana Fe, lo vio y solicitó a su Capellán  que lo trajera a su presencia.

           Una tarde cuando la oscuridad socavaba la luz que se filtraba entre las hojas verdes de los tamarindos, como buscando quedarse, él iba tratando de encontrar una rama para su trabajo, cuando  se cayó y perdió la movilidad de su extremidad derecha.

             Desde entonces se apoyaba en una especie de bastón para trasladarse.      

    "Canhué" _ le gritó el Cura que estaba en la Misión_ "deja todo lo que estás haciendo y vente al Fuerte. Te manda a llamar el Sr. Regente."_

           Con la mansedumbre que caracterizaba a los pobladores de este lado del río, hecha a golpes por la experiencia de  sobrevivir a los crudos inviernos y permanecer de pie ante los húmedos veranos; con el temple de los hombres sacudidos por las crecientes de los ríos y por la sequía que se intercalaban en las variadas estaciones, sonrió. Se incorporó con dificultad de su silla baja hecha de cuero trenzado, dejó su cuchillo y la madera que tenía entre las manos sobre la tabla que servía de mesa, en la que se apreciaban caracoles, astas, piedras y maderas

         Lo quiso a su  servicio. En esa ocasión  le ordenó que todas las maravillas que sacara de las maderas fueran para su deleite.

         Todos estamos marcados por el racismo, todo individuo tiene que imaginarse como una suerte de orfeón de voces, que son los ecos de los alegatos que uno ha escuchado. Pero lo que sí puede ser de compromiso personal es la voz que uno escoge para ser representado. Puede que se  escape en un momento de descontrol, sí que alguien persista en escoger esa voz como la propia y en darle consistencia y en fomentarla. Tenemos un inconsciente social racista que sale por cualquier cosa. Y existen dos caras acá donde todos estamos mezclados: la de creerse más frente a unos y sentirse menos frente a otros; que nos persigue desde la infancia...

         Canhué también  vivía la incertidumbre de dirigirse a una persona que creía superior en términos físicos. Pero se acentuó todo con la llegada de Don Juan.

         Él  paseaba con el  Jefe español,  Juan de Pineda, por la pampa inmensa que rodeaba el asentamiento cuando buscaba las ramas de los frondosos árboles...

          Más allá de los silencios que acosaban al hombre semidesnudo como un dios pagano caminando con su pierna coja detrás del español, vigilado por un guardia, sabía que los recién llegados, en el extremo de su hombría, sentían por todos los de su tribu una envidia solapada.

            Se podía tocar en el aire que a él, por ser creador de esas miniaturas de madera, le eran más profundas.

            Advirtió en  el rostro del Blanco  una sombra amenazadora. Comprendió el motivo; _ "¿Cómo un ser que no es ni considerado HOMBRE" -divagó que estaba pensando el  español- "puede realizar estas minúsculas bellezas... ¿Cómo un ser que es casi un animal, hace estas cosas?...

            Saltó una liebre de la espesura que corrió en busca de refugio.

            "Mara, mara" _ gritó el indio Canhué. ( En el idioma mapuche, mara significa liebre.) Tenían prohibido hablar la Lengua y su grito espantó más al animal.

El  jefe español preparó el arcabuz y apuntó al animal que se caracteriza por su astucia y velocidad.

            Canhué experimentó en  su rostro dorado por los rayos del sol, un estremecimiento que lo llevó a hacer un  ademán al sol, y otro larguísimo hacia el sur, y  habló palabras desconocidas y, en el crepúsculo, su sombra se volvió una  nube agobiada  sobre la tierra  y se desvaneció como la rápida evocación de un mundo perdido

 Comenzó a soplar el Pampero, ese viento que hoy reconocemos del Sur, que limpia las tormentas y las almas agobiadas. Se inclinaron los juncos, las copas de los árboles, las panojas del río, y se espantaron los pájaros  buscando  sus nidos. Fue un instante que estremeció la tierra. Y la liebre desapareció entre los campos pleno de  perfumes de hierbas que han impregnado el espíritu  desde la creación del mundo.

                 Se sintió un aroma a lavanda muy fuerte, o a manzanillas como sólo ocurre en los atardeceres, cuando Nguenechén se aparece. Don Juan de Pineda tuvo una convulsión, como un espasmo. De pronto, giró con rapidez y disparó.

                Lo mató al indio con un certero disparo entre los ojos.-

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